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jueves, 20 de junio de 2013


Lo Cotidiano y los Encuentros en la Ciudad
Carmen Quintero Russo, Socióloga
Las teorías sociológicas tradicionalmente han girado en torno a la discusión del cambio social. Se han elaborado marcos conceptuales que explican el cómo, cuándo y el porqué se producen innovaciones o situaciones que transforman la estructura social, los procesos sociales, las instituciones, la cultura, los patrones de interacción entre la gente y las formas de
interpretación de las realidades sociales. Estos marcos teóricos han contribuido a explicar el cambio tanto a nivel societario como a nivel de las interacciones en el diario quehacer de los individuos.


Si bien es cierto que las sociedades siempre se han dado  procesos de cambio que han afectado su organización social (cultura, conjunto institucional, patrones de interacción, estilos de vida….) no fue sino hasta la revolución industrial y el desarrollo del capitalismo hacia los siglos XVI y XIX que se produce un cambio estructural que da lugar a un nuevo modo de producción que transforma integralmente a aquellas sociedades donde se da dicho proceso. Una situación clásica que se observa en estas sociedades es el crecimiento de ciudades en detrimento del campo (migración rural-urbana, aumento de la densidad de población) ya que ofrecían, por primera vez, empleos asalariados y una nueva forma de vida.
 
Tanto los pensadores clásicos como los contemporáneos de diversas formas y bajo diferentes perspectivas analizan la el cambio social y la ciudad dentro del marco socio-histórico de final del siglo XIX. La ciudad para ellos es un escenario de transformaciones, lugar de encuentro y reproducción social.  A través de sus análisis se llega a la formulación de teorías macro sociológicas, que destacan el sistema social total y de teorías micro sociológicas que enfatizan la relación de los grupos sociales entre sí y su interacción.

 El estudio del cambio social permite vislumbrar las transformaciones que se dan a nivel de las relaciones sociales, sus marcos de interacción, usos, costumbres y las definiciones sociales que se apoyan en normas y valores. La sociedad no solo se hace más compleja a partir de la especialización de la división del trabajo, sino que sus escenarios demandan una nueva escala de valores y de normas que orienten la vida social.  La comunidad basada en la tradición, la confianza y la buena fe, donde todo el mundo se conoce, da paso a una sociedad compleja basada en la especialización donde las interacciones son mediatizadas por intereses y reguladas por normas y donde además se vive el mito de la libertad y la democracia.

 En la ciudad moderna sus habitantes aprenden a interactuar tanto con familia, amigos y extraños distinguiendo los niveles de confianza que a cada quién le corresponde. En la ciudad a diferencia de la comunidad, el extraño no es visto con desconfianza.  La gente no lo mira fijo con “mala cara”, sino se le mira de soslayo y con indiferencia. Esta forma de interactuar con extraños en sitios públicos es el sustrato de las relaciones sociales y formas de solidaridad social en la sociedad moderna.

A continuación el siguiente cuadro, sintetizamos los aportes de prominentes autores que exploran el cambio social a partir del capitalismo industrial y el surgimiento de la ciudad como centro político-administrativo, espacio social y lugar de encuentro en la vida cotidiana.

Aproximaciones al tema de la vida en la ciudad moderna

Autores

La vida cotidiana en la ciudad moderna

1.       Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895)

La ciudad industrial: nuevas relaciones de producción y estilos de vida.

2.       Ferdinand Tönnies (1855-1936)

Gemeinschaft and Gesellschaft, contraste en los estilos de vida en la comunidad y la sociedad.

3.       Émile Durkheim (1858-1917)

La morfología social y la ciudad, la división del trabajo y las formas de solidaridad.

4.       Georg Simmel (1858-1918)

La metrópolis y el individuo, la “actitud de hastío”, apatía, anonimato y desconfianza hacia otros.

5.       Robert Park (1864-1944)

La ciudad como laboratorio social.

6.       Erving  Goffman   (1922 –1982)  

La desatención cortés”.

7.       Marc Augé  (1935) 

Los “no lugares”, espacios de anonimato.

 
De cada uno de los autores se analizan sus aportes en relación con la época y nivel de desarrollo, descripción del proceso de cambio y la vida en la ciudad como diferente de la vida en el campo.  La ciudad es un nuevo entorno que se caracteriza por su complejidad estructural y diversidad de escenarios.  La vida en ella es compleja, exigiendo a cada uno la capacidad de desempeñar varios roles en el quehacer cotidiano además de lidiar con variadas circunstancias.  Todos en mayor o menor grado enfatizan la transformación de los patrones de interacción y las expectativas que se tienen los unos de los otros. Dentro de este marco socio-histórico surge la impersonalidad como patrón de conducta socialmente aceptada fuera del hogar para tratar con extraños. Estos no son vistos con desconfianza, sino como desconocidos.

 Marx y Engels observaron a finales del siglo XIX el desarrollo del capitalismo industrial y el surgimiento de una economía de mercado lo que dio lugar a nuevas relaciones de producción y estilos de vida. La ciudad es vista como parte del proceso de transformación, caracterizado por el crecimiento demográfico, trabajo asalariado, plusvalía y lucha de clases como lo indican en el Manifiesto del partido comunista [1848].

 La Revolución Industrial crea las condiciones para el surgimiento de las grandes ciudades lo que produjo grandes migraciones del campo a la ciudad, donde esta población rural deberá adaptarse a un nuevo espacio y modo de vida. En la ciudad se gesta un nuevo tipo de relaciones, caracterizadas por la impersonalidad y mediatizadas por el salario; se convierte en un nuevo espacio donde se reproducen las relaciones de mercado, predomina la competencia, las cosas se convierten en mercancía y el dinero es el medio de cambio.

Ferdinand Tönnies en 1887 desarrolla tipos ideales Gemeinschaft and gesellschaft para distinguir los tipos de vida en la comunidad y la sociedad, en términos de estructura y sistema de valores. La comunidad presenta fuertes lazos sociales y se aprecian los valores grupales y las normas que regulan la vida social; lo más importante es el bien común en contraposición con el bien individual. La sociedad presenta un tipo de organización social propia de las grandes ciudades, que se enfocan más en las necesidades del individuo que en las de la comunidad. En estos conglomerados industrializados, el dinero y los bienes materiales son más importantes que los lazos sociales;  se reconoce la diferencia entre lo público y lo privado.

Tönnies en su momento vislumbra las diferencias básicas en los estilos de interacción y las definiciones sociales en torno a normas, valores y la vida social en general. La vida en la comunidad caracterizada por relaciones primarias, la vida en la ciudad, por relaciones secundarias, cómo dirá Redfield posteriormente.

Emile Durkheim se preocupa por explicar elementos sociales como el espacio social, las representaciones colectivas y el territorio. Desarrolla conceptos tales como: a) morfología social, b) división del trabajo social, c) solidaridad mecánica y d) solidaridad orgánica, categorías importantes para entender la vida social en la comunidad y la sociedad industrial.

 En el concepto de morfología social se manifiesta el interés de Durkheim por las sociedades complejas, su funcionamiento, importancia de la población y su densidad. Para él la estructura y aumento cuantitativo de la población, su densidad, heterogeneidad cultural, el volumen y especialización de las profesiones, las vías de comunicación y la movilidad social, contribuyen a la complejización de la división del trabajo social lo que llevaría a una modernización de la estructura social. Para él, como afirma en su libro La División del Trabajo “es en la división del trabajo donde los hombres se especializan.

  La división social del trabajo es clave para entender esta transformación de una sociedad a otra. Es así que Durkheim diferencia dos tipos de sociedades: la solidaridad mecánica que estaría representada por las sociedades simples donde no existe división del trabajo social, y donde predomina de conciencia colectiva, la integración social, cohesión, equilibrio social, y  están circunscritas a una base territorial.
 
La solidaridad orgánica está constituida por sociedades con una división del trabajo social especializada, sociedades que sostienen en conjunto a los agregados sociales (asociaciones, grupos ocupacionales/profesionales y organizaciones) especializados dentro del marco de una organización del espacio que lleva a un estado con mayor integración social. Siendo estas sociedades más heterogéneas, con un órgano central que ejerce la acción coordinadora, teniendo como base la interdependencia entre sus partes, constituyen sociedades complejas, industriales. El crecimiento de la solidaridad orgánica sobre la mecánica se debe, según Durkheim, al aumento de la densidad moral de la población, esto es, las relaciones sociales dentro de una población.

El monumental proceso de cambio que generó el desarrollo del capitalismo industrial se manifiesta tanto en la especialización del trabajo como en el surgimiento de una solidaridad orgánica o una solidaridad basada en la especialización de la división social del trabajo. Como veremos después, la propuesta de Durkheim que contempla la transformación de la morfología social junto con el aumento de la densidad social, el territorio, la distribución espacial y la especialización, está presente en la teoría de la ciudad de Park.

En la misma medida en qué, según Marx y Engels, se da un desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción en las nacientes sociedades capitalistas, y según Durkheim, un incremento en la especialización del trabajo y en la densidad de población, tendríamos cambios en el comportamiento social buscando una adaptación a la nueva realidad.

Es Simmel quién en su libro La metrópoli y la Vida Mental [1902] analiza la personalidad del individuo que habita en la ciudad del mundo occidental.  En dicha obra hace una serie de propuestas para el conocimiento y estudio del estilo de vida del habitante de la ciudad.  Indica cómo la estructura social de la metrópoli transforma la personalidad de sus habitantes. La ciudad es vista como un lugar donde se generan procesos de socialización  que llevan a la formación de la sociedad moderna y el conocimiento racional,  asentamiento cosmopolita, con una economía monetaria. El dinero se convierte en el denominador común de todos los valores.

Simmel afirma que la división del trabajo en la ciudad demanda un mayor perfeccionamiento y especialización, lo que constituye una manera de diferenciarse de los otros hombres además de una exigencia de la economía monetaria.  La especialización demanda perfeccionamiento y crea diferencias entre los individuos.
 
La preocupación fundamental de Simmel no es el análisis macro sociológico de los grandes procesos sociales que afectan la totalidad de la estructura social-conflicto de clases, desigualdad social, el Estado, organización socio-política, sino los procesos micro sociológico que afectan a los individuos en su vida social, las cuestiones psicológicas, la socialización y adaptación al medio urbano.  El ve la ciudad como mercado, lugar donde el dinero circula y define las relaciones sociales; como una entidad social diferente del campo desde el punto de vista cultural, psíquico y social. Se trata de lugares donde se dan múltiples situaciones sucesivas e imprevistas que contrastan con aquellos moldeados por la tradición y la costumbre.

Para Simmel la ciudad es un espacio en el que se dan nuevas formas de conducta que se van a convertir en el estilo de vida de las grades ciudades a partir de la industrialización.  Esta realidad se convierte como dice Bettin (1982: 65) en el dato histórico y sociológico que no sólo hace de framework al objeto de análisis, sino que constituye el punto de partida para un estudio de la sociedad moderna”.

Al igual que las Gemeinschaft y Gesellschaft de Tönnies, Simmel distingue entre el campo y la ciudad como dos modelos de ordenación social correspondientes a sociedades contrapuestas, acentuando un aspecto que considera único de las metrópolis,  las “formas psíquicas de la vida social” (Bettin, 1982: 63). Introduce en su análisis nuevas situaciones y patrones de comportamiento propias de la ciudad como el individualismo, el anonimato, el secreto, la libertad.

El hombre metropolitano tiene que adaptarse a nuevas situaciones que incluyen el ritmo de vida, la exactitud, la puntualidad las relaciones impersonales y el cálculo entre otros. Estas son situaciones que son parte de la vida en la ciudad que contrastan con la del campo, que tiene un ritmo de vida más lento y en donde predominan las relaciones primarias. Se trata de una realidad compleja que genera incertidumbre por su diversidad de las relaciones efímeras. El habitante de la ciudad reacciona ante estas condiciones sociales creando lo que Simmel llama una actitud de hastío”, un comportamiento indiferente, impersonal de auto-preservación, apatía, anonimato, desconfianza y distanciamiento con los otros.

La “actitud de hastío” revela la naturaleza impersonal de nuestras sociedades. Según Simmel es una forma de protección que los individuos en las metrópolis usan para adaptarse a la “intensidad de la vida en la ciudad”.  La actitud de hastío” se manifiesta en aquellas personas que han perdido el sentimiento por el valor de las diferencias, es decir, todo lo experimentan como si fuera igual.  Es el caso del individuo indiferente hacia todo.  Esto es causado, dice Simmel, por la naturaleza del dinero: el cinismo y la actitud de hastío, son ambos el resultado de la reducción de los valores concretos de la vida a la mediación del valor del dinero.  El dinero se convierte en un factor mediático que homogeniza a la población, dándole más valor a los factores adquiridos que a los criterios particularistas y adscriptivos

 Las ideas de Simmel tuvieron mucha influencia en los investigadores de la Escuela de Chicago liderizada por Robert Park durante los años veinte y treinta, que buscaban explicar la ciudad sus procesos y condiciones que condicionan las interacciones públicas.

Robert Park postuló a la ciudad como el “habitat natural del hombre civilizado”, un área cultural con sus propias leyes, que se caracteriza por dos formas de organización: la moral y la física. La ciudad tiene una estructura física continua, cuyo elemento dinamizador es el proceso económico no planificado por el cual varias unidades independientes compiten en un mercado abierto por tierras y ubicación. La ciudad como un espacio formado de “áreas naturales” (comunidades) en constante transformación, movimiento e interacción. Determina como indicadores de la vida urbana: transformación, cambio, movilidad, interdependencia, diversidad y distancia social.

 
El enfoque fenomenológico de la Escuela de Chicago busca explicar la naturaleza de la ciudad a partir de las normas y valores.  De esta manera detectan el papel del contexto sociocultural en el sentido de la vida urbana.  Los individuos buscan satisfacer sus necesidades primarias bajo condiciones de escasez de recursos, lo que los lleva a competir para sobrevivir. La competencia, es el proceso a través del cual la organización distributiva y ecológica de la sociedad es creada. La competencia determina la distribución de la población en términos territoriales y vocacionales.

Park supone que al inicio de esta situación no existe vida social, solo el deseo de sobrevivir.  Es la necesidad biótica la que orienta la conducta y no la necesidad de metas colectivas.  El imperativo de sobrevivencia sumado a los  recursos limitados, da lugar a la competencia entre los individuos, proceso que puede definirse como una “interacción sin contacto social”.  La ciudad para Park sería un organismo vivo creado por el hombre pero con alma y organización propia. Se trata de una unidad socio-económica, cuya organización se basa en la división del trabajo. Park afirma que “la ciudades es el hábitat natural del hombre civilizado”.

La Escuela de Chicago, como se le conoce, refleja el pensamiento de Simmel como punto de referencia para explicar la vida cotidiana en la ciudad o  los escenarios urbanos (calles, plazas, esquinas, centros comerciales, bares, aceras, buses, trenes o aeropuertos). El espacio público de la ciudad es un espacio compartido con extraños, donde las relaciones sociales son espontáneas, fragmentadas, que responden a definiciones sociales internalizadas a través de la socialización que incluyen códigos y patrones de interacción.

 La vida en la ciudad transcurre en el marco de la convivencia entre extraños, se trata de procesos de interacción que se dan a través de encuentros no deseados con personas que encontramos en el diario devenir. La ciudad va a ser un lugar de encuentros y anonimato con gente desconocida. La ciudad ofrece a sus habitantes un sin número de sitios públicos (calles, parques, buses, almacenes, bares, oficinas, restaurantes) donde se dan estos encuentros y que van a  definir las características socioculturales de los que por allí transitan. Tanto nosotros como ellos pasamos por allí con indiferencia, sin prestar atención, solo mirando de soslayo o reconociendo presencias, sin reconocer a nadie. Todos queremos pasar desapercibidos.

 De acuerdo a Goffman (1979), lo anterior se trata de un ritual, de micro-ceremonias, propias del estilo de vida urbano, un comportamiento distante que él denomina “desatención cortés”.  Así demostramos que si bien reconocemos la presencia del “otro” no queremos entablar interacción alguna con ellos.  Esta viene siendo la norma social de la ciudad de mercado, en donde no se habla con extraños, se mantiene la distancia y un contacto visual breve. La “desatención cortés”,  en cierta medida crea un clima de seguridad entre extraños, sugiriendo confianza al compartir el mismo espacio (Erving Goffman, Relations in Public (Penguin 1972 p. 385).

Pero, en la ciudad no todos los lugares son iguales, hay algunos en donde los encuentros entre extraños son más permisibles, como las salas de espera, gimnasios, bares. En lugares como estos es “permisible” algún nivel de interacción de acuerdo a los contenidos de la socialización moderna, en donde se enfatiza desde temprana edad, el no hablar con extraños y mucho menos traerlos a casa.

Augé (1994) introduce el concepto de los no-lugares, aquellos espacios por donde transitamos, sin importancia, circunstancial, muchas veces sin tener conciencia de su existencia. Son lugares de paso compartidos temporalmente por aquellos que están allí en ese momento, como aeropuertos, autopistas, supermercados, autobuses, y transeúntes en un mismo punto de la calle en un momento determinado. Son espacios en donde no nos relacionamos, definidos por el pasar de la gente.

La postmodernidad produce no-lugares, espacios de anonimato, en los que la relación entre los individuos es meramente contractual, pues solo les une la condición de usuarios de ese espacio: estación de metro o de autobús, terminal del aeropuerto…Un no lugar, a diferencia de lo que representa un lugar, no genera ni relaciones humanas, ni de identidad con el lugar. La actitud estética que se adopta en ellos no crea una sociedad orgánica, sino sentimiento de soledad.  La vida social se ha ido transformando desde la simplicidad de las relaciones primarias en la plaza a la complejidad paradójica de la “muchedumbre solitaria”. Hemos aprendido a compartir los espacios con desconocidos sin temor al encuentro ni a la relatividad del mismo. Compartimos la indiferencia sin desconfianza, la “actitud de hastío”, la “desatención cortés, en los no lugares.

De la mano con el cambio social van  nuevas relaciones sociales y definiciones sociales que las interpretan a ellas y a la realidad emergente que incluye patrones de comunicación, de interacción y modos de ver la vida.  Esa es la realidad de la ciudad post moderna donde las relaciones personales tienen un nuevo carácter y donde encontramos un enorme potencial para nuevas formas de comunicación y de patrones de interacción.

 Biblografía

 
1.      Augé, M. (1994). Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad,Barcelona: Gedisa Editorial

2.      Bettin, Gianfranco (1982). Los sociólogos de la ciudad. Barcelona: Editorial Gustavo Gili

3.      Goffman, Erving (1959, año de la primera edición en inglés). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Argentina: Amorrortu editores, S. A.

4.      Erving Goffman, Relations in Public (Penguin 1972) p. 385.

5.      Ianni, Octavio (2000): “Ciudad y modernidad”, en Enigmas de la modernidad-mundo, Siglo XXI, México.

6.      Lofland, Lyn H (1985). A world of strangers. Order and action in urban public space. EE. UU: Waveland Press, Inc.

7.      Lofland, Lyn H. y lofland, L. H. (1984). Analysing Social Settings. Nueva York: Wadsworth.

8.      Park, Robert Ezra (1999). La ciudad y otros ensayos de ecología urbana. Barcelona: Ediciones del Sebal.

9.      Simmel, Georg (2005): “La metrópolis y la vida moderna”, en Bifurcaciones, Nº 4,Santiago de Chile (disponible en internet), 1903

10.  Simmel, Georg (1986). El individuo y la libertad. Ensayos de crítica de la cultura. Barcelona: Península, Serie Historia, Ciencia, Sociedad

11.  Sassen, Saskia (1999): La ciudad global: Nueva York, Londres, Tokio, EUDEBA, Buenos Aires.

12.  Wolf, Mauro (1982): “Sociologías de la Vida Cotidiana”. Madrid:  Editorial L´Espresso

 

 

lunes, 9 de julio de 2012

Interaccionismo simbólico

Esta corriente de teoría social propone pensar la realidad social desde una perspectiva también microsociológica y algunos de sus principales exponentes fueron Blumer, George Mead y Goffman.  Los principios que sostiene esta corriente y que fueron sistematizados por Blumer afirman que:
1. A diferencia de los animales inferiores los seres humanos están dotados de capacidad de pensamiento
2. La capacidad de pensamiento está modelada por la interacción social
3. En la interacción social las personas aprenden significados y los símbolos que les permiten ejercer su capacidad de pensamiento distintivamente social.
4. Los significados y los símbolos permiten a las personas actuar e interactuar de manera distintivamente humana.
5. Las personas son capaces de alterar o modificar los significados y los símbolos que usan en la acción y la interacción sobre la base de su interpretación de la situación.
6. Las personas son capaces de introducir estas modificaciones y alteraciones debido, en parte, a su capacidad para interactuar consigo mismas, lo que les permite examinar los posibles cursos de acción y valorar sus ventajas y desventajas relativas para luego elegir uno.
7. Las pautas entretejidas de acción e interacción constituyen los grupos y las sociedades.

Entre los principales conceptos desarrollados por esta corriente se cuenta la Capacidad de pensamiento, esto significa que tanto Cooley como Mead pensaron que las personas no son unidades motivadas por fuerzas externas o internas que escapan a su control o situadas dentro de alguna estructura más o menos establecida, sino como unidades reflexivas e interactivas que componen la entidad social. La capacidad de pensamiento habilita a las personas para actuar reflexivamente más que a conducirse irreflexivamente.

Por otro lado, distinguen el cerebro fisiológico de la mente, porque se puede disponer del primero sin tener el segundo, como es el caso de los animales inferiores. La mente es concebida no como una cosa sino como un proceso ininterrumpido que guarda relación con la socialización, los significados, el self y la interacción.


Otro de los conceptos centrales de esta teoría es la de pensamiento e interacción, considerada como el resultado de la interacción social: esta capacidad se configura y refina mediante este proceso, que en su forma más específica se denomina socialización.

Los sociólogos tradicionales consideran la socialización como un proceso por el cual las personas aprenden las cosas que necesitan para vivir en la sociedad. Para los interaccionistas simbólicos, sin embargo es más dinámico, ya que permite a las personas desarrollar la capacidad de pensar de una manera distintivamente humana, y por lo tanto no es unidireccional sino que el propio actor le imprime forma y adapta la información a sus propias necesidades.

Les interesa la interacción en general, y no solamente aquella que se produce en la socialización. Para Blumer hay dos formas básicas de interacción: la interacción no simbólica que no implica necesariamente el pensamiento (la conversación de gestos por ej.) y la interacción simbólica que sí requiere de un proceso mental.

Los interaccionistas no necesitan negar la existencia de objetos en el mundo real, sino que sostienen que estos objetos son cosas que están "ahí fuera" en el mundo real, pero lo importante es el modo en que los actores los definen. Esta perspectiva conduce al relativismo, de acuerdo a los diferentes significados que le dan a los objetos los distintos individuos, tras el aprendizaje realizado en el proceso de socialización.

A la pregunta referida a cómo se produce el aprendizaje de significados – otro de los conceptos centrales del interaccionismo – Mead responderá que el significado no se deriva de los procesos mentales sino de la interacción social. Distingue entre "signos" que son los que significan algo por sí mismos y a los que puede responderse irreflexivamente y "símbolos" que son objetos sociales que se usan para representar o significar otra cosa que las personas acuerden.

El sistema de símbolos que los interaccionistas destacan es el lenguaje (porque para ellos las palabras son símbolos que se utilizan para significar otra cosa) ya que éste es el que hace posible todos los demás símbolos. Estos símbolos, y el lenguaje en particular, cumplen ciertas funciones: permiten a las personas relacionarse con el mundo social y material nombrando, clasificando y recordando objetos; incrementa la capacidad de las personas para percibir su entorno; aumentan la capacidad de pensamiento; ensanchan la posibilidad de resolver problemas; permiten trascender el tiempo; también permiten imaginar realidades metafísicas y finalmente les permiten a las personas dirigir sus acciones en el entorno.

Otro concepto muy trabajado por los interaccionistas es el de self, constituyendo el centro del esquema intelectual que desarrollaron. Para Cooley el self era especular y refería a la capacidad de vernos a nosotros mismos como vemos a cualquier otro objeto social. Se compone de tres elementos: Primero, imaginamos cómo aparecemos ante los demás, segundo imaginamos qué oirán ellos de nosotros y tercero desarrollamos un sentimiento de nuestro self como consecuencia de imaginarnos las opiniones de los demás.


Para Blumer el self es un proceso, no una cosa y significa que un ser humano puede ser un objeto de su propia acción... que actúa hacia sí mismo y que guía sus acciones. Para Mead, que fue quien realizó un desarrollo más acabado de este concepto y coincidiendo con los otros autores, el self es la capacidad que tienen los sujetos de considerarse a sí mismos como objetos y presupone la comunicación entre los humanos. La condición del self, entonces es la de salir "fuera de sí" para poder evaluarse a sí mismos, prapoder convertirse en objetos para sí.

Mead sitúa la génesis del self en dos etapas del desarrollo infantil. La primera es la etapa del juego durante la cual el niño aprende a adoptar la actitud de otros niños determinados: "juegan a ser otro". Allí el niño empieza a ser capaz de construir su self, aunque es un self limitado. La siguiente etapa es la etapa del deporte el niño adopta la organización de todos y comienza a ser capaz de funcionar en grupos organizados. Si en la etapa anterior el niño adopta al "otro determinado", en la etapa del deporte el niño adopta el "otro generalizado" que es la actitud del conjunto de la comunidad. Sólo en la medida que el individuo adopte las actitudes del grupo social organizado al cual pertenece, desarrollará un self completo.

Además este autor aclara que cada self es diferente de los demás, y aunque comparten una estructura común, cada uno recibe una particular articulación biográfica. No existe en la sociedad un único y gran otro generalizado sino muchos otros generalizados debido a la pluralidad de grupos que existen.

Por otro lado el self tampoco es monolítico para Mead, sino que tiene dos aspectos o fases: el "yo" que es la respuesta inmediata de un individuo a otro, es un aspecto incalculable, imprevisible y crativo del self. No somos totalmente conscientes del yo, más que cuando se ha realizado en acto. La otra fase es el "mi" que puede sintetizarse como el conjunto organizado de actitudes de los demás que uno asume, es la adopción del otro generalizado, implica la responsabilidad consciente y conforma un individuo habitual y convencional.

"Yo" y "mi" interactúan dialécticamente en forma constante porque todos los individuos tienen estos dos aspectos: un conformista estará dominado por el "mi", un innovador por el "yo". El "mi" permite al individuo vivir cómodamente en el mundo social, mientras el "yo" hace posible el cambio en la sociedad.

Por último Goffman, basado en la idea de self que desarrolló Mead, afirmará que hay una discrepancia fundamental entre nuestros selfs demasiado humanos y nuestros selfs socializados. Sobre la base de esta tensión explicará que las personas, con el fin de mantener una imagen estable del self, actúan para sus audiencias sociales. De ello deriva su enfoque dramatúrgico de la construcción social.

Para Goffman el self no es una posesión del actor, sino un producto de la interacción dramática entre el actor y la audiencia. Los actores esperan que el self que presentan a la audiencia sea lo suficientemente fuerte de modo que la audiencia defina a los actores tal y como ellos desean.

Siguiendo la línea de la analogía teatral, Goffman afirmará que la fachada es la parte del escenario que funciona regularmente de un modo general y prefijado a fin de definir la situación. Dentro de la fachada se puede distinguir entre medio (escenario físico que rodea a los actores para su actuación) y la fachada personal (partes escénicas de la dotación expresiva que la audiencia identifica con los actores). La fachada personal se subdivide a su vez en apariencia y modales. Las fachadas tienden, según este autor, a institucionalizarse, de modo que se crean representaciones colectivas a partir de las cuales los actores asumen roles ya establecidos.

Etnometodología


Esta corriente tiene su origen en la propuesta de Garfinkel y aunque comenzó sus trabajos a fines de los años ´40, apareció sistematizada por primera vez en una publicación de 1967 en un libro que llamó Studies in Ethnomethodology.
Los primeros estudios etnometodológicos que realizó este autor (llamados experimentos de ruptura) se centraron en ambientes no institucionalizados y corrientes tales como el hogar. Más tarde se comenzaron a estudiar prácticas cotidianas en una amplia variedad de ambientes institucionales (juzgados, clínicas médicas, etc.) para comprender el modo en que las personas realizan sus tareas en estos lugares y cómo, al realizarlas crean la institución a la que pertenecen.
La segunda variante importante de la etnometodología es el análisis conversacional, cuyo objetivo es el análisis minucioso y la comprensión de las estructuras fundamentales de la interacción conversacional. Se entiende la conversación como una actividad interactiva que exhibe propiedades estables y ordenadas que constituyen logros analizables de los conversadores. Las reglas y procedimientos de las conversaciones no determinan su desarrollo, sino que se usan al llevarla a cabo.
Si bien los etnometodólogos se interesan por un objeto de estudio similar al de la Fenomenología, se diferencia de ésta porque la metodología que utilizan es esencialmente empírica, basando sus estudios en investigaciones de este carácter para después derivar de ellos ideas teóricas.
Por otro lado, al aceptar algunos métodos de la sociología tradicional, más que estudiar la conciencia (a la que atribuyen una importancia fundamental), se centran en las actividades empíricamente observables. Especialmente se interesan por investigar el modo en quelas personas construyen o reconstruyen la realidad social.
Los etnometodólogos se centran en lo que la gente hace, (más que lo que piensan como lo haría un fenomenólogo) considerando lo que las personas – en tanto sujetos racionales – usan ese razonamiento práctico para vivir su vida cotidiana.
Esta corriente realiza una crítica aguda a las teorías sociológicas que consideran al actor como alguien desprovisto de juicio, sin embargo no creen que las personas sean "reflexivas, autoconscientes y calculadoras hasta un punto ilimitado" porque reconocen, como Shütz que las acciones cotidianas suelen ser más bien rutinarias y relativamente irreflexivas.
Garfinkel, uno de los principales sostenedores de esta corriente cree el hecho fundamental de la sociología son "los hechos sociales", pero no como los pensaba Durkheim: externos y coercitivos para los individuos a quienes las estructuras e instituciones constriñen y determinan haciendo muy difícil que puedan ejercer su juicio de manera independiente, sino que, aunque coincide en que son fenómenos objetivos, cree que existen en el nivel micro: la organización se produce local y endógenamente.
Para Garfinkel los hechos sociales son el resultado del esfuerzo concertado de las personas en la vida cotidiana, pero tampoco le interesa focalizarse en los procesos cognitivos, sino que su preocupación se centra en los procedimientos, los métodos y las prácticas que utilizan las personas, porque para él el orden social es un "logro práctico constante". El uso de los procedimientos prácticos es universal e ineludible porque se constituyen en todas partes... sin posibilidad alguna de eludirlos, ocultarlos, posponerlos o negociarlos. Las personas no pueden evitar el uso de etnométodos en su vida cotidiana.
Algunos de los conceptos centrales de Garfinkel son el de reflexividad entendiéndolo como el proceso en el que todos estamos implicados para crear la realidad social mediante nuestros pensamientos y acciones, aunque raramente seamos conscientes de él porque por lo general nos lo ocultamos a nosotros mismos. Si una persona no responde a nuestro saludo de un modo esperado, posiblemente nos detengamos a pensar que estamos intentando reafirmar el mundo de los saludos que conocemos e intentemos explicar la respuesta inadecuada. Si la respuesta hubiera sido normal, no seríamos conscientes del esfuerzo reflexivo que realizamos.
Garfinkel piensa que el orden de la sociedad se deriva, al menos parcialmente, de la reflexividad de las personas: rechaza la idea de que el orden deriva meramente de la conformidad de las normas. Es la conciencia del actor de sus opciones, así como su capacidad de anticipar cómo van a reaccionar los otros, lo que dispone el orden en el mundo cotidiano.

Otro de los conceptos que trabaja este autor es el de las explicaciones, en tanto el proceso por el que las personas dan sentido al mundo, ofreciendo, aceptando o rechazando explicaciones. Los etnometodólogos se interesan por las prácticas explicativas, no juzgan la naturaleza de las explicaciones sino que las analizan en función de cómo se usan en la acción práctica (los métodos necesarios que utilizan emisor y receptor para emitir, comprender, aceptar o rechazar las explicaciones).
Además trabaja la idea de indexicalidad (concepto derivado de la lingüística) que remite a que las proposiciones tienen significados que difieren en función del contexto. Decir "llueve" no tiene el mismo significado si estamos en un almuerzo al aire libre que si es enunciado durante una temporada de sequía. Las explicaciones, expresiones y acciones prácticas deben interpretarse dentro de su contexto particular, a la vez que ponerse en lugar del actor a fin de comprender lo que está diciendo o haciendo.
Otro concepto utilizado por Garfinkel es el Principio Etcétera por el cual se entiende que todas las situaciones implican aspectos incompletos que los participantes deben rellenar para que la situación prosiga. Vivimos nuestra vida cotidiana a pesar de toparnos constantemente con ambigüedades y vacíos que admitimos esperando que más tarde se clarifiquen.
Finalmente Garfinkel dará mucha importancia al lenguaje natural para que las personas puedan hablar, escuchar y presenciar la producción y realización objetiva de la vida social a través de un sistema de prácticas. Este lenguaje natural no se compone de elementos lingüísticos sino más bien del conjunto de elementos no lingüísticos de la comunicación interpersonal: la necesidad de turnarnos para conversar, superar las interrupciones en una conversación, etc. Supone una preocupación por la estructura básica de la interacción entre el hablante y el oyente.